Relato: Alicia, pajeadora de vocación (2)





Relato: Alicia, pajeadora de vocación (2)

Alicia, pajeadora de vocación (2)


Por Mujer Dominante4 (POR CUESTIONES DE PRIVACIDAD ESTE EMAIL FUE REMOVIDO)



Parte 2.


Esta es la historia de Alicia, una chica que aprendió que
podía dominar a todo tipo de hombres, con el sencillo expediente de hacerles la
paja. Y los tenía a sus pies. Y de cómo nuestra heroína aprovechó su vocación
para avanzar en la vida, divirtiéndose de paso. Porque a Alicia le gustaba mucho
dominar a los hombres.


Ya te conté como de pequeña descubrió como divertirse jugando
con las "palanquitas" de sus primitos. Y jugaba tantas veces y con tanto
entusiasmo que sus primitos terminaban hechos una piltrafa.


Y luego, ya en la escuela primaria, la niña extendió el
jueguito de la palanquita sobre su compañerito de banco. Para entonces la niña
sabía que el juego se llamaba "hacerle la paja al chico". Sus compañeros
competían por sentarse al lado de ella. Pero luego el triunfador debía soportar
el asedio manual de la pequeña, que entre hora de clase y hora de clase, y
también recreos, no paraba de masturbarlo, produciéndole cuatro o cinco
orgasmos. Su compañerito no podía centrarse en la clase ni luego, ya en su casa,
tampoco en el estudio. Cuando Alicia terminaba con ellos los dejaba en Babia.
Así que al día siguiente era otro el afortunado que conseguía el codiciado
asiento de al lado. Y al terminar la clase quedaba tan terminado como el
anterior. Pero aunque sus compañeritos de banco estaban fracasando
estruendosamente en sus estudios, Alicia sacaba las mejores notas.


En una de esas gestiones de buena compañera, Alicia fue
descubierta por un profesor, que la hizo quedar después de hora. Pero la niña le
hizo lo que tan bien había aprendido a hacer, y el profesor comprendió que era
mejor llevarse bien con esa niña. Y así pudo conseguir muchos favores de la
pequeña. Y esta supo que estaba en el buen camino.




Capítulo 1. Las andanzas de Alicia apenas habían comenzado.




Al egresar de la escuela primaria Alicia todavía continuaba
virgen, pero era la chica más putona que había salido de ese colegio. Y de
cualquier otro.


Su arte de pajear a los hombres se había extendido como un
reguero de pólvora por todos los ámbitos que ella frecuentaba. Le encantaba
agarrar esas pollas, enardecerlas, y con masajes y apretones, hacerles pajas que
terminaban ablandándolas, y dejarlas chorreando.


Su experiencia con el profesor de lengua le había enseñado
que los hombres siempre estaban deseando una buena paja. Cosa que comprobó
también con el portero de la escuela y con el jefe de celadores. Todos los días
pajeaba a uno de esos adultos, o a todos.


Con ellos había aprendido también a hacerse lamer la
conchita. Cuando estaba en situación, le bastaba recostarse en el sofá, o
subirse a la mesa, y mostrando su conchita "Lameme aquí". Era una orden
sencilla, pero a la que ningún hombre se negaba. Recién después les hacía la
paja.


Aprendió, entonces, que podía dominar a los hombres.




Capítulo 2. Alicia desarrolla su dominio sobre los varones.




Un modo de iniciar una amistad era acercarse a un chico de su
gusto (lo que no era muy difícil, ya que si tenían polla a ella le gustaban) y
después de un poco de charla, decirle "¿Me dejás que te haga una paja?" Era un
modo infalible de relacionarse con los chicos y muchachos, y también con los
hombres. Y aún con los hombres maduros, ya que tampoco los abuelitos de setenta
se resistían a su procaz propuesta. Y también ellos estaban dispuestos a lamerle
la conchita cada vez que ella lo exigía.


En los bailes utilizaba esa técnica, pero también la más
directa de meterle mano a la polla de su pareja, e irlo pajeando durante el
baile. Le divertía mucho ver la cara de sorpresa del chico, y luego la que ponía
a medida que ella avanzaba en su empeño. Le bastaban unos pocos minutos para
dejar otro pantalón más, enchastrado con semen.


Había desarrollado varias técnicas para hacer pajas. Una de
ellas era la de la caricia insistente, siempre en la misma dirección, sin
presionar, hasta que la poronga se derramaba.


Otra era la de los pellizcones en la cabeza del pene, hasta
ponérselo bien duro, y seguir pellizcándole la cabeza, hasta que el pene en
cuestión sucumbía, en medio de una catarata de leche.


Otra era la de los apretones en la mitad del miembro que,
cuando este estaba hinchado y duro, obraba como una suerte de ordeñe.


Con cualquiera de esas técnicas lo esencial era mantenerse
con paciencia aplicándola. El resultado era seguro. Otra técnica, que ella
denominaba para si misma "la del molino" consistía en, con la palma de su mano
contra el miembro masculino, hacerlo girar en círculos, como las aspas de un
molino, y luego pasaba a la etapa terminal, que ella llamaba "la del abanico" en
la que abandonaba el movimiento en círculos porque las pijas se empeñaban en
apuntar para arriba, y pasaba a un movimiento en abanico, llevando el duro nabo
de un lado a otro, aplastándolo contra el vientre del muchacho. Esta técnica
requería de pantalones muy amplios en su víctima. Y producía verdaderos accesos
de desesperación en aquel a quien se la ejecutaba, que terminaba acabando en
actitud bastante descalabrada. Alicia sentía cierto tipo de perverso placer
cuando culminaba su obra en otro pantalón enchastrado. Y también cuando en su
mente anticipaba ese resultado, cosa que la excitaba mucho. Pero, con pantalón o
sin él, lo que más la excitaba era su poder sobre las pollas.




Capítulo 3. Alicia suelta en los colectivos.




En los viajes en colectivo Alicia encontró una nueva fuente
de diversiones. Procedía por impulso, pero no carente de método. Comenzaba
evaluando los bultos de los pasajeros. A sus diecisiete años ya tenía una
considerable experiencia para hacer esas evaluaciones.


Le gustaba "trabajar" en las horas pico, ya que los
apelotonamientos de gente facilitaban su tarea. Elegido el candidato, se
colocaba delante y llevando la mano atrás comenzaba el pajeado del candidato. El
muchacho, hombre, niño o anciano, sorprendido al principio, enseguida se dejaba.
Y Alicia ponía su mejor atención en el asunto, y ya que no sabía donde se
bajaría el candidato, apuraba el trámite. ¡Y cómo lo apuraba! Verdaderamente
batía records. Dos o tres minutos le alcanzaban, para dejar la gran mancha en el
pantalón. Su mejor tiempo fue un minuto y treinta y dos segundos, en dejar
derrengado a un cincuentón que no se esperaba semejante regalo.


Cierta perversidad la llevaba hacia las parejas de esposos o
de novios. Se colocaba adelante, o a un costado, de su desprevenida víctima, y
pronto comenzaba con los frotamientos, roces y luego procaces manoseos, cada vez
más animados. Los tipos no sabían como disimular la situación ante su pareja,
pero se dejaban meter mano. A medida que avanzaba, podía escuchar como se les
entrecortaba la voz, o se distraían de la conversación con sus parejas. Alicia
se empeñaba en acelerar el trámite, y con rápidos apretones y ordeñes llevaba a
los tipos hasta su culminación. Ella se aseguraba de que la descarga les
enchastrara bien los pantalones, y a través de la tela retiraba con la palma de
su mano una buen cantidad de semen, que mientras se bajaba del colectivo iba
lamiendo.


La excitaban en particular los grandes bultos de los señores
mayores. Así que se les arrimaba y comenzaba a apretarlos con ganas y mucha
insistencia. Podía sentirlos crecer mientras veía enrojecer la cara del anciano
caballero. Si iba con la esposa o con una nietita, mejor. A medida que aceleraba
la masturbación escuchaba como la respiración del señor se iba acelerando, hasta
que llegaban las convulsiones, y el derrame de pringoso semen que Alicia, a
través de la tela retiraba con la palma de su hambrienta mano. Dejó a su paso un
tendal de hombres sorprendidos, pantalones enchastrados y un reguero de semen
como para dar dos veces la vuelta al pueblo.





Capítulo 3. Alicia consigue un novio.




Alicia tenía sus sentimientos y cuando conoció a Marcelo, un
par de años mayor que ella, se enamoró de la dulzura del muchacho. Y lo
convirtió en su víctima favorita. Enamorada del muchacho le hizo todos los
honores a su poronga. Le hacía un par de pajas en la mañana, tres o cuatro por
la tarde y dos o tres por la noche. Eso además de hacerse coger por el muchacho,
ya que a él decidió entregar su virginidad. Pero había muchos lugares donde no
había una cama en la que retozar juntos. Por ejemplo en el cine, donde Alicia le
metía mano desde el principio mismo de la película, de modo que al llegar lo
títulos finales lo había hecho acabar tres o cuatro veces. Lo mismo en el
teatro, en los conciertos de rock, en el taxi o en los colectivos. Y por
supuesto en el zaguán, a la noche, cuando no podían dormir juntos y, mientras la
madre la llamaba adentro, ella aceleraba la paja para dejar a su novio "bien
acabadito". Y la verdad es que estaba acabando con el muchacho. Marcelo había
adelgazado más de quince quilos en los primeros seis meses de noviazgo. Y seguía
enflaqueciendo. Pero esto no iba a detener a Alicia, que arreciaba en sus
pajeados.


El pobre comenzó a tener problemas en los estudios, faltar al
trabajo y andar disperso todo el día.


Alicia siguió con las pajas, aunque veía que, aunque la polla
de su novio estaba cada día más gorda y dura, el propio novio andaba tembloroso
y con paso vacilante. En la casa del novio sus padres estaban alarmados por el
evidente deterioro del muchacho, pero Marcelo no soltaba prenda. Lo enviaron al
médico, y en el análisis de sangre salió una gran deficiencia de glóbulos rojos.
Y un principio de insuficiencia coronaria. Pero el pobre llegaba a las citas con
su novia con cara de carnero degollado, de víctima propiciatoria.


Podemos comprender a la chica. Con Marcelo conoció el placer
de arrodillarse frente a una pija fuera de la bragueta, hacerla parar hasta que
se pusiera bien gorda y dura, olerla y lamerla, y pajearla hasta ver como salía
el semen a chorros. A veces culminaba la paja con el glande dentro de su cálida
boca, que lamía y lamía, succionando, mientras con su mano lo iba pajeando, y
llegada la erupción la tragaba, saboreando cada entrega de espeso semen.


Alicia le había tomado hábito al nabo de su novio. Y también
al placer que le propinaba. Por eso quizá no advirtió, o no quiso advertir, el
deterioro de Marcelo. Y siguió brindándole toda su ternura, su apasionada
ternura en su nabo.


Cuando internaron al pobre muchacho en la clínica, ella se
ofreció a cuidarlo por las noches. Y prosiguió haciéndole varias páginas por
noche. El chico se iba poniendo cada vez más mustio, pero ella seguía sacándole
tanta leche como podía. Los médicos le aplicaban todos los tratamientos que
conocían, pero no conseguían detener su empeoramiento.


Finalmente, en medio de su última gran paja, el muchacho,
mientras acababa, exhaló su último suspiro. Alicia acompañó el cajón con ojos
llorosos, y Eduardo, el hermano mayor de Marcelo trató de consolarla. Y Alicia
le hizo la mejor paja de su vida, eso sí: sin dejar de sollozar.


Los primeros tiempos Alicia iba muy seguido a la casa de sus
suegros para estar cerca de los seres queridos de Marcelo. Eduardo no comentó
nada, y siguió disfrutando de sus pajas. También Julio, el menorcito. Y como
todos sentían vergüenza y guardaban silencio, el padre cayó incautamente en las
hábiles manos de su casi ex nuera.


Fue siempre en momentos de congoja, en los que el desolado
aspecto de la muchacha acercaba a los varones de la familia para confortarla. Y
mientras la abrazaban ella comenzaba tímidamente su trabajo manual que siempre
culminaba en el éxito. Como cada uno de los varones se sentía culpable por
abusar de la novia del hermano fallecido, nunca comentaron entre ellos las pajas
que les hacía su querida Alicia. Y la madre nunca sospechó nada.




Capítulo 4. Alicia avanza en la vida.




A todo esto Alicia había alcanzado la plenitud de sus
veintidós añitos. Su cuerpo esbelto tenía sus redondeces en los lugares
convenientes, pero la causa de su éxito había que encontrarla en su cabeza.
Alicia había comprendido que podía dominar a los hombres. Y procedió a disfrutar
de su innegable poder.


La muerte de su novio, de la cual nunca se sintió ni siquiera
vagamente responsable, había dejado una honda huella en su corazón. Nunca más,
decidió, amaría tanto a alguien, ya que la gente al final se muere y te dejan
sola. Pero eso no significaba que dejaría de divertirse.


Ya que podía dominar a los hombres, los dominaba. Y sacaba
mucho placer de eso. Su dominio comenzaba generalmente desde el principio mismo.
La actitud de su porte, el porte de su mirada, el tono de su voz, no dejaban
lugar a dudas, y los hombres aceptaban que serían dominados por esa mujer.


Si la llevaban a sus casas, apenas entraban Alicia comenzaba
a ejercer su dominio. "Lameme acá" decía con voz dominante señalando su concha.
Y el tipo de turno se bajaba y comenzaba a lamer. Cuando no lo hacía bien,
Alicia se enojaba: "¡Si no sabés lamerla bien, por lo menos chupámela con
ganas!" y les refregaba la concha por la cara.


Se hacía chupar el clítoris hasta que les acababa en la cara.
Y sentía una especie de perverso placer en no dejarlos correrse. Se hacía chupar
el culo, y se los removía por la cara.


Se hacía chupar las ricas tetitas, frotaba su cuerpo contra
el de ellos. Y no tardó en observar que, pese a su ausencia de trabajo manual y,
aún de penetración, de pronto los tipos se corrían.


Había descubierto un nuevo tipo de paja. Y comenzó a
ejercerlo despiadadamente.


Por ejemplo, con un muchachito varios años menor que ella,
apenas entró en la pieza de él, lo empujó al sentándolo en la cama, y
levantándose la falda puso ante sus ojos su coño depilado. "¡Poné la boca acá!"
y el muchacho, con la boca en "o", atrapó su clítoris erecto. Y con este estuvo
cogiéndole la boca todo el rato que quiso, hasta que se corrió en su cara. El
chico la miraba con la lujuria, la sumisión y la pasión en sus emocionados ojos.
"¡Ahora vas a lamerme el culo!" y agarrando la cabeza del candidato la restregó
contra sus nalgas. El muchacho sintió la suavidad y la tersura de la piel
perfumada de esas nalgas y se perdió en ellas. Y Alicia le hablaba en un estilo
banal, superficial, de cosas convencionales.


"Es muy importante ser una persona responsable en la vida..."
mientras sentía la lengua de él tentándole el ojete, que ella abría oferente.
"...Porque el estudio es muy bueno para formar la mente..." decía Alicia, como
si estuviera hablando frente a un auditorio ansioso por devorar sus palabras. Y
efectivamente el muchacho estaba devorando su culo, lamiendo el interior de los
cachetes y entrando en su agujero. Y así, haciéndose la desentendida de lo que
le estaba obligando a hacerle, continuaba hablando como si cualquier cosa.


Cuando el chico estaba más enchufado lamiéndole el orto, se
lo sacó y, dándose vuelta observó con desapegado interés el rostro del muchacho,
en el cual se veían los signos de la desesperación, la sumisión y la lujuria.
Examinaba la enfebrecida mirada, de ojos brillantes y turbios. Y la piel del
rostro, enrojecida y húmeda. Pareció agradada por lo que veía. "Tirate en la
cama que voy a sentar mi culo en tu cara" Y llevando sus palabras a los hechos
tapó la cara del muchacho con su culo y bajó la falda.


Desde esa cómoda postura dominante veía la carpa que se había
formado en su tirante pantalón. Y se sonrió divertida. "Avisame si necesitás
respirar" dijo removiendo el culo. El chico la aferraba de las caderas para
poder chupar su culo con pasión. "¡Cómo te prendés a mi culo, chiquito...!" "¿Te
gusta mucho que te lo remueva en la cara?" Y de abajo salían unos murmullos de
apasionado asentimiento, completamente ininteligibles dado el sofocamiento del
sonido, pero evidentemente apasionados.


Y siguió hablándole sucio, "¡Qué diría tu mamá si entrara
ahora y te viera chupándome el culo... !" "¡Dale, meté esa lengua más profundo!"
"¡Asiii, ... así...! ¡Y ahora entrala y sacala rápido, cogeme el culo con tu
lengüita, corazón...!" Y le apretaba el ojete contra la lengua, aplastándole aún
más la cara. Y el chico seguía aferrado a sus caderas con ambas manos, para
chuparle mejor el culo. "¡Ni esperes que te la vaya a tocar!" "¡Yo no hago esas
asquerosidades!" "¡No esperes que te deje correrte! ¡Aquí la única que se corre
soy yo!" "¡Y ya estoy cerquitaaa, muy cerquita... mi nenitoooo... !" Y vio como
la carpa del chico se empinaba cada vez más y comenzaba a temblar. "¡Ahhh...
ahhh... qué polvo me estoy echando con tu lengua en mi orto...! ¡Ahhh... ahhh...
mi ne-ne... !"


Y vio como una mancha de semen brotaba espesa de la cúspide
de la carpa que se conmovía en el pantalón de su víctima. Cuando se levantó pudo
ver al chico completamente derrengado en la cama, con la gran mancha en sus
pantalones. "¡Ah, pero que barbaridad, te corriste, pese a que te lo
prohibí...!" "¡Eso merece un castigo!" "¡Ya que te gusta correrte voy a darte el
gusto!" "¡Y tantas veces que vas a terminar pidiéndome por favor que pare!" Y
arrodillándose arriba del cuerpo del muchacho de modo que su cara estaba cerca
de su polla y su concha cerca de la cara del muchacho, comenzó a manosearle el
nabo a través del pringoso pantalón. "¡Ahh, cuánta leche, qué gusto... !"


A medida que le amasaba el miembro este volvió a crecer y
endurecerse. Pronto lo puso completamente al palo. "¿Te gusta la vista de mi
concha?" y se la acercaba más a la cara, mientras seguía dándole apretones en la
pija. Pronto el muchachito comenzó a gemir y ella rodeó con su concha la boca
del chico. "¡Chupame la concha, nene, date el gusto...!" Pero no le dio tiempo,
arreciando en la paja que le estaba propinando, lo llevó otra vez, entre
gemidos, al punto de correrse, nuevamente dentro del pantalón. Ella le siguió
amasando el nabo hasta que este dejó de manar semen, y volvió a la flacidez.


"¡Ahh, que asco! ¡mirá cómo has puesto tu pantalón,
totalmente pringoso con tu leche!" "¡Tenemos que sacarte ese pantalón... !" Y se
los bajó, junto con el slip dejándole el vencido miembro, todavía algo gordo, al
aire. "¡Ahh, está todo pringoso... !" "Te lo voy a tener que limpiar con la
lengua..." Y poniéndoselo en la boca se fue tragando todos los restos de semen.


"¡Usa la lengua ahí abajo! ¡No seas tan comodón!" Y le
removió la concha contra la cara, hasta que sintió que la lengua del muchacho
comenzaba a lamer. El nabo se había puesto nuevamente duro y ella continuó
limpiándolo por los costados con la lengua. Pronto le tuvo el miembro
completamente erecto, apuntando al techo. Cuando estuvo completamente limpio por
los costados, le metió la lengua dentro del todavía pringoso prepucio,
limpiándoselo y de paso lamiéndole la punta del glande, justo en la raya. Las
lamidas del chico se aceleraron.


Una vez que le tuvo el nabo bien limpio, comenzó a correrle
muy despacito la piel, hasta dejarle el glande al descubierto. El chico había
enterrado la cara en su concha y lamía con entusiasmo. Y ella comenzó a pajearlo
lenta y suavemente, ejerciendo un poco de presión con la mano sobre la parte
media del miembro. Y fue acentuando la paja. "¿Verdad que te gusta el sabor de
mi concha? Lindo olor, ¿no?" Y lo iba pajeando cada vez más frenéticamente,
mientras le refregaba cada vez con más entusiasmo la concha en la cara,
aproximándose a su propio orgasmo. Controlaba la llegada del orgasmo del chico
para que no se adelantara al suyo. Y cuando este llegó, aceleró brutalmente la
paja, haciendo que el chico volviera a correrse, con largos chorros que llegaban
casi hasta el techo.


"Te haría una paja más, para que aprendas, pero me das
lástima" dijo vistiéndose, y desde la puerta se dio vuelta para mirar al chico
derrengado en la cama, con expresión de inconciencia en sus ojos turbios. Y
salió de la pieza muy satisfecha. ¡Ese chico había aprendido su lección!




Capítulo 5. Alicia, a sus veintisiete, comienza a noviar con
un señor mayor.




Era un abogado, de más de sesenta años. Robusto, tirando a
gordito, canoso, y barba blanca recortada. Ella había concurrido a su estudio
cumpliendo con un encargo de trabajo. Y cuando le vio decidió que ese era el
tipo que le convenía para casarse. No lo amaba ni amaría, pero podía hacer un
buen esclavo de él, y de paso encontrar la seguridad económica que puede brindar
un buen matrimonio.


No tuvo problemas en seducirlo. Alicia, con sus veintisiete
años, era un bocadito muy apetecible para los sesenta y tantos del hombre. Y
ella se ocupó en acentuar esa atracción con sus ademanes, miradas y posturas de
su incitante cuerpo. De modo que pronto tuvo empaquetado al viejo y una vez que
hubo hecho un lindo moño en el paquete, comenzó la etapa de construir una
categórica dominación. No le dejaba cogerla, pero con su enorme experiencia iba
haciéndole una paja psicológica, llevándolo poco a poco a entregarse en sus
manos. No faltaron los suaves rozones ni las suaves caricias inocentes. Y
siguieron los pedidos mimosos, de regalitos, y de caprichitos, para asegurarse
de la sumisión del hombre. Llegó el momento en que lo tuvo en sus manos.
Entonces comenzó la siguiente etapa. "Tengo que comentarte una cosa horrible:
una vez masturbé a un hombre en un colectivo." Y le contó una de sus tantas
andanzas pícaras como si hubiera sido la única. Pero se la contó detalladamente,
demorándose en los calientes detalles para observar sus reacciones.


Vio que el viejo se calentaba, y siguió contándole los
detalles morbosos, hasta que notó que al viejo se le había parado. "¡Qué
pensarás de mí, me da una vergüenza... !" "¡Pero noo, mi nenita, ¡ese fue sólo
un pequeño desliz... !" dijo el viejo procurando tranquilizarla.


"¡No, gracias por tu consuelo, pero estuve mal... !" "Pero si
fue por una única vez..." "Es que no fue por una única vez, ¡antes hubo otra!" y
le contó de su primer juego con su primito cuando tenía seis años. Otra vez con
mucho detalle, observando que la cara del viejo iba ruborizándose y su
respiración se agitaba. "¡Y lo peor es que a mi me gustaba mucho hacer eso con
mi primito!" se culpó bajando la cabeza en un sollozo, mientras que con una
mirada oculta bajo su pelo, veía con malicia el impacto que sus revelaciones
iban haciendo en el bulto tenso de su novio. Este trago saliva "Pe-pero eras muy
chiquita... a esa edad las nenas no son muy concientes de lo que hacen..."


Ella se abrazó a él, dándole un buen rozón "casual" en el
bulto. Enseguida lo soltó, antes de que se entusiasmara. "Es cierto..., pero yo
repetí muchas veces ese jueguito, y también con mis otros primos..." "Había uno
de doce que me hacía masturbarlo varias veces cada vez que iba de visita a su
casa con mi mamá..."¡Y me echaba leche cada una de las veces!"


Y le contó con lujo de detalles como pajeaba una y otra vez a
su primo de doce El viejo estaba completamente subyugado. Se le estaba haciendo
agua la boca y su respiración era un suave jadeo. Ella cambió de postura con una
suave ondulación que atrajo la mirada del viejo sobre su atractivo culito. "¡Al
final terminé haciéndoselo a todos mis primitos!" dijo con voz de aparente
angustia. "Pero por hoy no quiero contarte más, porque no quiero que pienses mal
del mí..."


Y dejó al hombre caliente y con sus historias dándole vueltas
por la cabeza durante días. Ella buscaba que él se fuera obsesionando cada vez
más.




Capítulo 6. La presa había caído en la trampa. Ahora sólo
había que ajustar los hilos...




Efectivamente, Ramón durante los días –y las noches- que
siguieron a los relatos de su juvenil noviecita, no paraba de pensar en eso.
Tenía sentimientos contradictorios. Por un lado se compadecía de la niña y su
terrible pasado, por otro lado su parte moral encontraba recriminable lo que le
había contado, también estaba su sentido compasivo de bonhomía, tendiente a
perdonar todo, y por último estaba el oscuro deseo que esos relatos tan
calientes y transgresores le producían. Todo eso en un confuso revuelto en su
mente que iba agitadamente entre los primeros tres pensamientos, tratando de
soslayar el cuarto que, por lo tanto presidía toda su deliberación, que estaba,
entonces, teñida de deseo.


El hombre se iba derrumbando bajo las deliberadas e
insidiosas confesiones de la chica. Y esperaba con mal disimuladas ansias que
estas se reanudaran.


Alicia no se apuraba, sabía que el tiempo obraba a su favor y
que la cabeza del hombre estaría convertida en un verdadero lío, pensando en
ella día y noche. Mientras tanto, paseaban, iban al cine, a cenar y a todas esas
cosas que hacen los novios, si prescindimos del sexo, claro. Ella estaba usando
el sexo exclusivamente con la palabra y con el objeto de hacerle la cabeza a su
pobre novio mayor.


Cuando volvió a hablar del tema dio varios fuertes pasos en
la dirección del ablandamiento de la cabeza del hombre. Le contó lo que le hacía
por debajo del banco a su compañerito de colegio. Y luego a otro compañerito, y
a otro más. Todo con detalles, nombres y detalladas y morbosas descripciones.


Después de un rato el hombre comprendió que la manito viciosa
de su novia había pasado por todas las braguetitas de su clase. Ella contaba
cada una de sus calientes historias con diabólica intención, introduciendo cada
vez más deseo y perversión en la cabeza de su novio.


Gradualmente una parte de él iba comprendiendo con que clase
de puta se había ligado, y como se había ido pervirtiendo la imagen que él
pretendía tener de ella. La deseaba cada vez más y al mismo tiempo, sus "rectos"
pensamientos no le permitían reconocer la perversión que estaba dominando su
moral desde las profundidades. Pero el hombre estaba viviendo con la pija
parada, casi permanentemente.


"Hice muchas cosas malas, Roberto, chico que se me cruzaba,
chico al que le hacía una paja. Era como un vicio para mi..." "Desde los seis
años que me aficioné a hacerles pajas a los hombres" "Me gustaba aprovecharme de
ellos, rozarlos en el colectivo hasta que se les paraban las pollas, y me
gustaba agarrar esas pollas grandes y duras..." "¡No te imaginás la cantidad de
pollas que acaricié y apreté y ordeñé... !" "¡Me encantaba ordeñar a los
hombres! ¡Y les he hecho descargar cientos de litros de leche... !" El pobre
hombre estaba por caer a sus pies.


"Lo que pasó fue que después descubrí que podía hacer que me
chuparan la conchita..." "Les daba una orden y allí los tenía lamiéndome y
lamiéndome" "Por esa época descubrí que gozaba no dejándoles acabar, y los
obligaba a hacerme de todo, sin tocarles la pija ni dejar que me la metieran."
"Me hacía tocar las tetas y los tenía manoseándome largo rato, sin dejarlos
hacerme nada más. ¡Pero ocurrió que algunos se me corrían durante el proceso!"


"¡Apretar mis meloncitos durante mucho rato llegaba a ser
demasiado para algunos, y no aguantaban más y se corrían!" "¡Y eso me producía
placer también!" "¡Lo mismo pasaba cuando los hacía pajearme sin tocarlos!" "¡Se
corrían como pajaritos... !


"Con otros probé mi habilidad para hacerme chupar la conchita
a voluntad, de entrada nomás". "¡Era muy excitante! Sin habernos siquiera dado
un beso los hacía arrodillarse y darme besos en la concha. Y los podía tener así
por horas..." "¡Pero también así se me corrían... !"


A esta altura, Roberto tenía una erección desesperada y
también estaba a punto de correrse. Alicia lo sabía y continuó con su sádica
historia.


"También los hacía acostarse boca arriba, cuando apenas
habíamos cambiado un par de palabras, y me subía sobre sus caras y les ordenaba
que me chuparan la conchita. Siempre sin tocarlos, ni en lo más mínimo. Pero
cuando empezaba ha hacer giros rotativos sobre sus caras, cuando comenzaba a
frotarles mi concha en sus rostros con un vaivén frenético, ¡zás! ¡se me
corrían! ¡Yo veía como sus pollas duras estiraban el pantalón y cuando se
corrían podía ver como en la cumbre de la carpita, salía primero un gotón de
semen a través de la tela del pantalón, y después seguían borbotones que se
derramaban por los costados de la carpita, y en su abundancia terminaban dejando
una enorme mancha pringosa en el pantalón!" "¡Ahí comprendí que había
descubierto una nueva forma de paja! ¡Calentarlos sin tocarlos hasta que se
corrían en seco de tanta calentura!" "¿Te parece mal lo mío, papito?"


Roberto había caído de rodillas. "¡Eh, nene!, ¿qué me querés
hacer que te pusiste ahí abajo?" "¿Te conté que me enloquece sentarles el culo
en la cara y hacerme chupar el ojete?" "¡Ay, qué pensarás de mí!" decía riéndose
por dentro al ver allí abajo la cara desencajada de Roberto adorándola a la
altura de su concha. "Bueno, te cuento, apenas de habernos conocido les sentaba
el culo en la cara, y se lo removía mientras los tipos desesperados besaban y
lamían la suave piel del interior de mis nalgas y se desesperaban por meterme la
lengua en el ojete" "¡Me encantaba dominarlos!" "¡Y descubrí que podía hacerlos
correrse de cualquier manera!" "¡Como ahora estás por correrte vos con sólo mis
palabras... !" "¿Te falta mucho, papito... ?" Pero ya no le faltaba nada. Y
Roberto se corrió en medio de gemidos y jadeos.




Capitulo 7. Ya estaba listo. Y Alicia se casó con Roberto.




"Sí, ya está listo" pensó Alicia mirando a Roberto derrengado
a sus pies, con tremenda mancha en el pantalón. "¿Quién te va a calentar como
yo, mi vida?" "Me parece que no tenés otra alternativa que casarnos..." "Prometo
que seguiré abusando de vos" "No me pidas que deje de abusar de los otros
hombres, o de los niños (a propósito: ¿te conté las pajas que les hice a los
hijitos de tu hermanita menor?), no me pidas que deje de pajear a cuanto hombre
se me antoje, incluidos tus colegas. Pero te prometo que del que más me abusaré
será de ti, porque tu serás mi esposo." "Porque para mí el matrimonio es
sagrado. Tendrás mi culo sobre tu cara, y beberás los jugos de mi concha, y te
correrás sin que te toque. Y te contaré mis andanzas porque no te engañaré nunca
y te contaré todo lo que ande haciendo por ahí, incluso a los miembros varones
de tu familia, y amigos y clientes. Y vos te vas a correr con mis relatos" "Pero
eso sí, tené en cuenta que en cualquier momento puedo pajearte todo lo que se me
antoje, así te mueras."


Y Roberto se casó con ella y fueron felices hasta la muerte,
que ocurrió bastante pronto, a decir verdad, porque el corazón de Roberto no
resistió tanta felicidad ni tantas acabadas y murió entre estertores de gozo,
dejándole toda su herencia. Y Alicia comprendió que Dios premiaba a las personas
honestas. Y, aunque extrañaba a su fallecido cónyuge, Alicia sabía como
encontrar quién la consolara, y qué favor hacerle a cambio.



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Relato: Alicia, pajeadora de vocación (2)
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